Tres edificios que parecen pertenecer a la Oceanía orweliana de 1984 se iluminan y muestran siluetas humanas que suben mecánicamente unas escaleras. Su marcha hipnótica sigue las instrucciones de una voz, hasta que se detienen en lo alto. Entonces, una de ellas se precipita al vacío. Las demás la siguen, el discurso del loco. Silencio. Es la calma que precede a la tormenta: explota el mundo en colores rojos, con una batería que clama a la revolución y un bajo incendiario. Suena Uprising y todos enloquecemos.
Así empezó el que ya está siendo considerado por la crítica como el mejor concierto del año. Pero dejando de lado las excelentes crónicas que ya se han publicado, diré, desde mi humilde opinión, que lo que presencié el sábado 28 de noviembre de 2009 jamás se diluirá en el recuerdo. Aún hoy, tres días después, no dejo de sentir escalofríos al recordar aquellas dos horas.
The Resistance ha supuesto una revolución en la banda de Teighmouth, que hace ya diez años presentó su primer trabajo -fabuloso como todos los demás-. Sus letras, mucho más políticas de lo acostumbrado, guiadas por un rock que flirtea, aún más, con la música clásica y la electrónica, muestran que Muse maduran y se niegan a no evolucionar. Pero no sólo son unos músicos excelentes, además tienen unos de los mejores directos del mundo que, con la gira de The Resistance, se ha superado.
Nunca les había visto en concierto, pero me he tragado actuaciones memorables como la de Wembley Stadium en 2007, la de Glastombury en 2004, el directo en el Zenit parisino de Hullaballo y un sin fin de vídeos de Youtube. Para mí, el espectáculo de esta gira lo supera. La puesta en escena es tan arrolladora que, cuando se acaba no sabes muy bien si irte a quemar el parlamento o emborracharte hasta perder el sentido. A ello se le suma el inagotable talento del gran Mathew Bellamy, cuyos dedos bailan como poseídos sobre las cuerdas de la guitarra, o sobre el fluorescente teclado de su Kawai, y cuya voz nos hace preguntarnos si se trata de un soprano que se ha equivocado de recital. Pero no, Muse es su sitio: un lugar que ha construido con la ayuda de dos grandísimos músicos como lo son Chris Wolstenholme y Dominic Howard.
Starlight, Resistance, United States of Eurasia, Map of the Problematic, Plug in Baby, Supermassive Black Hole, Feeling Good, Unnatural Selection, New Born... la lista de temazos con los que me sumergí en una especie de trance hipnótico suponen casi el total del concierto. Incluso canciones como M.K Ultra, que tiene más sombras que luces en el disco, cambió completamente cuando la oi en el Palacio de los Deportes. Y cuando creía que todo era insuperable, se tomaron un descanso -el último- para regresar con Exogenesis Part I: Matt Bellamy tocaba desde su pedestal y nos transportaba a otra realidad. La suya, la que crea con cada nota que surge en su cabeza. No era suficiente verle retorcerse en espasmos al son de su creación alrededor del mástil de esa maravillosa Manson Red Glitter, porque entonces comenzó Stockholm Symdrome y nos hizo viajar en el tiempo para llegar al mismo Marte con Knights of Cydonia. Apoteósico.
Muchos se quejan de que Matt es poco comunicativo con el público, que le falta estar más entregado a los que pagan por escuchar su directo. No estoy de acuerdo. Matt Bellamy lo da todo en el escenario. Se encierra en ese mundo que sólo él puede comprender y se entrega a la música tanto que parece que está haciendo el amor con ella. Verle tocar la guitarra es posiblemente uno de los mejores espectáculos que se pueden disfrutar hoy día. Ya tenía claro que es un maldito genio, pero verle a escasos metros me absorbió de tal manera que las 18.000 personas del estadio, incluidos los amigos con los que había ido, desaparecieron para mí. Cuando todo acabó y las luces se encendieron, intenté volver a la realidad, pero tardé toda esa noche. Fue al día siguiente, al despertar, cuando regresé. La buena noticia es que no había sido un sueño: había visto a Muse.
Ahora, escuchando Exogenesis Part III, siento que esta droga se ha vuelto mucho más adictiva. No me vale con escucharles, necesito volver a verles una vez más y otra y otra. Quiero regresar a esa intacta realidad que el pasado sábado, por fin, dejó de ser virgen.
